Queridísimos amigos

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Estamos en el corazón del evento único e irrepetible de la historia: ¡Dios se hace niño! La Virgen María es Aquélla que espera la primera y gran revelación de Cristo Jesús y es también icono, es decir, imagen de la Iglesia que espera el cumplimiento de la vida de Jesucristo.

Dejémonos ayudar por el Evangelio de Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Su presencia ya ha iniciado, Dios ha venido a vivir en medio de nosotros, Dios no es un concepto para entender, Dios se presenta a nosotros como un niño, Él vive nuestra vida, María fue llamada a contemplar la gloria de un Dios niño; José, en aquel niño a él encomendado, vio la obra del Señor; los pastores contemplaron al Hijo de Dios en una condición banal, un niño envuelto en pañales. Todos nacen, todos tienen una mamá, Dios viene en una condición cotidiana. El Dios que ha creado las galaxias y todo el universo se vuelve un pequeño niño a fin de que yo lo pueda encontrar. Nosotros, en este niño, podemos ver la gloria divina, “gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).
Hablamos de gloria y no de esplendor; en hebreo gloria se traduce con kabod, que significa “el peso de una cosa, su valor auténtico”, así podemos saber cuál es el valor que Dios dona a la humanidad: a Sí mismo. Dios mismo se ha hecho hombre, esto significa que Él está dispuesto a arriesgarse por mí y si Dios se vuelve hombre significa que es verdaderamente importante mi existencia humana.

En Jesús Niño podemos ver a Dios completamente donado,Él se pone sobre un pesebre, se presenta no como un Dios que pretende nuestro servicio, más bien es Él que se ofrece como pan para suprimirnos el hambre, lo podemos comprender observando el bellísimo relicario de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, obra de José Valadier, en 1802, que conserva los listones en acero rojo del primer siglo, que sostienen el pesebre de Belén; el relicario está colocado bajo la cripta del altar mayor, vemos al niño Jesús reclinado sobre el pesebre, que con el dedo señala hacia lo alto, donde está el altar y parece susurrar: “Me encontrarás en la Eucaristía, come mi Cuerpo, yo quiero vivir en ti”.

¡Deseamos a todos ustedes que esta Santa Navidad lleve con sí el regalo más grande: el descubrimiento del amor de Dios en la experiencia viva de su amistad!

Con afecto,

Dios nos bendiga
Y la Virgen nos proteja

Madre Rebecca y las Misioneras de la Divina Revelación.

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