CUARTO DÍA
¡Alégrate, hija de Sión; da gritos de júbilo, Israel; gózate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!
(Sof 3, 14)
San Juan Damasceno, considerando la asunción corporal de la excelsa Madre de Dios a la luz de sus demás privilegios, exclama con vigorosa elocuencia: «Era necesario que aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad, conservase también sin corrupción alguna su cuerpo después de la muerte. Era necesario que aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la esposa del Padre habitase en los tálamos celestiales. Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la derecha del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que pertenece al Hijo, y que fuese honrada por todas las criaturas como Madre y Esclava de Dios».
(cfr. Papa Pío XII, Const. apost. Munificentissimus Deus, 1 de noviembre de 1950).
Contigo nos alegramos, Virgen elegida, de los honores que los Ángeles rindieron a tu cuerpo, cantando himnos de alabanza y de gloria a aquella arca adorable en la que se había encarnado el Verbo eterno. Alcánzanos conservarnos siempre puros y castos, para que podamos gozar de la compañía de los Ángeles en el cielo.
Ave María.
Oremos
Oh Dios, que te dignaste elegir como morada el seno virginal de María Santísima, concédenos, te suplicamos, que, sostenidos por su ayuda, podamos participar de su misma herencia.
Tú que vives y reinas con Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén.